sábado, octubre 07, 2006

No me digas adiós con tu palma.

Me dices adiós con tu palma
que acarició una vez, a leves golpes mi cara,

pero yo mantendré encendida la llama
que encendió mi pasión mientras dura

el temporal de duras lagrimas,
sin dolor aparente,
de las noches plateadas de mi ventana.


Y tu piel suave que acariciaba ruborizante
mi sueño placido y cálido de tu cándida mirada.
Las estrellas nos espiaban

mientras yo acariciaba tus senos de porcelana china
y descansaba mi cabeza entre tus nalgas acolchadas de seda fina,
vendida en mercado de oriente, tostada por el mismo sol.


Y saboreaba la miel de tus ardientes labios
en mi lengua sedienta de noches movidas.
No me despiertes de este sueño,
si alguna vez lo fue, del que comía mi mente solitaria.

Por favor, con esa palma no digas adiós,
porque yo contigo estaré por siempre en tus sueños
o aterrizando pervertidamente en medio de la sangre caliente
enervado de pasión y sediento de saciarme en tus placeres
en los manjares de tu hermoso cuerpo.

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